Publicado
el Wednesday, 18 de November de 2009 y archivado en Op-Ed.
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Evelino Estévez, MD, PhD
DESPUÉS DE MUCHO PENSARLO, he llegado a la conclusión de que estamos buscando la felicidad y la plenitud en los sitios equivocados.
En los libros de autoayuda. En las consultas de psicoterapia. En la aceptación de los demás.
Pero no, ahí nadie va a resolver nada significativo.
Mucha gente dirá: ah, claro, es que hay que buscar dentro de uno mismo. La felicidad está dentro de uno mismo.
Pues sí, de alguna manera por ahí va, pero no es eso exactamente a lo que me refiero.
A lo que voy es una cosa muy sencilla pero que nadie se atreve decir: la clave es que no hay angustiarse, sino que incluso hay que estar orgulloso, de no tener código ético, de ser inmoral o de tener doble moral.
En otras palabras: para ser feliz hay que ser autocomplaciente con la propia inmoralidad. Séalo. Sea autocomplaciente con su propia falta de moral y verá cómo le empieza a ir mucho mejor.
Éste sí que es el secreto mejor guardado de banqueros, políticos, y gentes. Esto sí que es lo que no le contarán en ningún manual de autoayuda y lo que tampoco le dirá ningún psicólogo.
Me río yo de “El Secreto”, ese manual que parece que te va a prometer la verdad última y que luego no es nada. El verdadero “secreto” es que millones de personas en todo el mundo son felices gracias a que no detectan los quiebros abismales que hay en su orden moral de las cosas.
Algunos sí lo detectan y les da igual, o mejor aún, son más felices no sólo por ser inmorales sino por haberlo detectado y comprobar que de esta manera les va mejor. Éste grupo son la clase política.
Pero no hace falta ser político para disfrutar de la falta de moral.
Ojo, no estoy recomendando ser mala persona a priori.
No, en absoluto va por ahí la cosa.
Sólo estoy diciendo, por ejemplo, que si usted predica una cosa y luego hace la contraria, no sufra lo más mínimo por ello. Como digo, millones de personas en el mundo practican esto a diario y les va bien.
Si su mayor ilusión en la vida es ver cómo sufre o padece la gente a la que odia, o que simplemente no le gusta, o tal vez desea que se despeñe por un barranco un amigo suyo, que es más feliz, le ha ido mejor y tiene más dinero que usted, entonces no es que sea usted un perverso, es que es usted uno más del 99 por ciento de la humanidad.
Relájese.
No hay nada de malo en todo esto.
Hay quien asegura que el ser humano es intrínsecamente inmoral, y que el reto no es combatir la inmoralidad, sino combatir el padecimiento que uno puede sufrir al darse cuenta de repente un día de este supuesto fallo.
No sé si comparto la teoría de la inmoralidad intrínseca del hombre, pero la segunda parte sí que la suscribo al cien por cien.
Puede que, de cara a los demás, usted esté en contra de la corrupción, del maltrato y de la injusticia. Puede que abogue por la integridad y el buen gusto.
Pero luego, cuando nadie le ve, a lo mejor le apetece gastarse el dinero de la educación de sus hijos en ir a ver peleas de perros ilegales y hacer apuestas según se van arrancando las orejas a mordiscos.
O tal vez le apetece irse con una prostituta a pasar el fin de semana a un Parador Nacional donde anteriormente estuvo con su mujer.
Ello no supone ningún demérito de su personalidad ni tampoco implica que sea de peor calidad humana.
Mientras la fachada siga presentando una buena apariencia, no pasa nada.
Y ahí está el reto: cómo preservar la fachada, cuando por dentro hay lo que hay.
Para ello, y ante las contradicciones, repítase todo el rato como si fuera un mantra: no pasa nada. No pasa nada. No pasa nada.
¿Por qué se va a negar usted a sí mismo este privilegio del que disfruta la mayor parte de la humanidad?
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